Cuando me convertí en madre soltera en un país distinto al mío, lejos de mi familia cercana, caí de lleno en un abismo que muchas personas conocen demasiado bien: el modo supervivencia.
Vivía consumida por el estrés, con un agotamiento crónico y una niebla mental que no me dejaban disfrutar de la infancia de mi hija, unos años hermosos que sé que nunca volverán.
En ese estado, mi única prioridad era proteger mi trabajo para que no nos faltara nada material; pero, sin darme cuenta, en realidad nos estaba faltando todo lo demás. El resultado no era el hogar feliz que soñaba, sino un ambiente tenso, lleno de prisas y gritos, donde el cansancio físico y mental dictaban las reglas.
El desconocimiento sobre cómo la tecnología modifica nuestro entorno me llevó a adoptar malos hábitos que alteraron mis ritmos circadianos, convirtiéndose en una de las causas principales de mis trastornos del sueño. De esta forma, mi sistema nervioso quedó atrapado en un estado simpático constante de "lucha o huida
Este ambiente toxico generaba un estrés oxidativo que, sumado a la falta de movimiento y de métodos de desintoxicación, se fue acumulando en mi cuerpo hasta llevarme a desarrollar un grado de hipersensibilidad electromagnética.
Al mantenerme en este estado simpático mi mente vivía en automático, siendo reactiva ante cualquier estímulo externo, crítica o imprevisto, dejándome llevar por la impulsividad.
Todo esto me condujo a una dolorosa desconexión conmigo misma, con mi presente y, sobre todo, con mi hija.
¿Te has preguntado alguna vez si realmente disfrutas a tus hijos o si solo estás gestionando rutinas, esperando a que lleguen los "momentos ideales" para empezar a disfrutar?
El instante que me hizo despertar de ese automatismo (lo que en mindfulness llamamos el modo hacer) ocurrió en el año 2023 cuando le pregunté a mi hija, en una tarde cualquiera, qué le apetecía hacer, sii prefería ir a la feria, a la playa, quedar con una amiga o ir a comprar un juguete nuevo. Su respuesta fue clara y me atravesó el corazón: «Solo quiero tiempo contigo».
Ese día se convirtió en uno de los momentos más reveladores de mi vida. Entendí que las cosas materiales importan, pero pierden todo su valor si no las disfrutas con quienes amas. Había olvidado que el simple hecho de estar presente y compartir risas crea los mejores recuerdos y llenan el alma.
Desde ese preciso instante, me prometí a mí misma cuidar mi entorno, mi salud física, mental y emocional para poder salir del modo hacer (el automatismo) para pasar al modo SER cultivando mi presencia, eligiendo desde mi verdadera voluntad como reaccionar y relacionarme ante las experiencias de la vida.
Emprender el camino hacia mi bienestar integral no solo me regaló amistades auténticas, sino que me ayudó a encontrar mi propósito de vida y a construir, con total consciencia, la versión de mí que siempre quise ser.
Aprendí que un hogar en armonía y equilibrio no se construye por casualidad: nace de la responsabilidad individual de estar presentes y de convertirnos en nuestra mejor versión para disfrutar de lo más simple y valioso de la vida.
"Vivir presente desde la autenticidad para disfrutar cada instante"